Es notable
la solvencia estilística y técnica con la que Paula Otegui
sostiene sus fascinantes escenarios; el expansivo equilibrio que los
amalgama parece natural, sin acentos disonantes ni recursos desmesurados.
Una incierta flora, una inverosímil geografía, una rara
figuración han crecido en la tela con la misma sencillez opulenta
con la que la naturaleza impone sus infinitas formas en el mundo real.
El título mismo de la muestra anuncia la constatación
física en el plano de un fluir ininterrumpido, orgánico,
constante de la línea, del diseño, de los materiales y
sustancias, de la gramática y la dinámica compositiva.
En esa corriente sobrenadan, se entrelazan, mimetizan y camuflan los
factores iconográficos de una botánica más cercana
a la invención del cuento maravilloso que a la nomenclatura científica,
y de un paisaje que es añoranza paradisíaca y arbitraria
germinación antes que resonancia referencial. Aquí y allá
se entreven extraños personajes, gozosamente imbricados en estos
jardines de las delicias dibujísticas a los que humecta una atmósfera
de hipnótica irradiación. Al dejarnos impregnar por ella,
percibimos que Otegui se conecta sensualmente, y nos propone una intimidad
equivalente según el hedonismo del hacer y del mirar, con una
secreta perversidad cómplice.
Casitas candorosas, arroyitos y pantanos salidos de la fiebre dulce
que experimenta algún paseante encandilado mientras atraviesa
su selvática utopía imaginaria, conviven con manchones
y pinceladas perfectamente extemporáneas en su desmesura, para
resignificar la entonación estructural de toda la composición.
Cuando la óptica de la pieza se invierte el fondo es entonces
negro, con los motivos recortados en un blanco lechoso y casi primordial,
de una luminosidad ósea, como de plankton, generando renovada
inquietud en una escena de por sí tan fabulesca como espectral.
A la vez el color, concentrado especialmente en esos círculos
rítmicos y esferas lunares, también opera como factor
de contrapunto y alteración cromática, perturbando productivamente
la cualidad tonal del conjunto. Con un pie puesto en la tradición
mas virtuosa del manga, y una cierta relación con el universo
prerrafaelita y simbolista, más una bien entendida y mejor resuelta
decoratividad y ornamentación, la artista urde su invernadero
anómalo, fértil en follajes de incierto origen, en nubes,
babas, espectros, pelambres y ramajes, instalados en un movimiento perpetuo
de crispación y remanso, de sinuosidad y estrictez, de grafismo
desatado y precisión detallista, invariablemente alimentado por
una sabia oscura y embriagadora.
Eduardo Stupia
Inauguración
8/4 | Cierre 2/5