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La Línea Piensa
Muestra # 105
Fer Pietra
Sagrado y Primitivo
Inauguración27.9
Cierre28.10
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Tanto en sus incursiones de lápiz sobre papel, como en sus metódicos y contundentes esgrafiados, Fer Pietra demuestra que el vigor de su solidez técnica es exactamente proporcional y equivalente al peso de sus convicciones narrativo-alegóricas. Criado en el formalismo académico, Pietra acude a ese bagaje para garantizar la maciza corporeidad de sus pantagruélicos protagonistas, y a la vez saca partido del modo ostentoso con que estos interpelan al espectador para enrarecerlos aún más, ubicándolos en medio de una ambientación misteriosa, cargada de incertidumbre y extrañeza.

La confluencia incómoda, pesadillesca, de animales de granja, perros, niños y adultos, se juega en clave de forzada familiaridad en una sorda metamorfosis, donde los miembros y poses naturales de unos se mezclan con las de los otros, como si un demiurgo enloquecido hubiera confundido deliberadamente las piezas en el casting de alucinatorios muñecos para su envenenada comedia humana de actores– maniquíes, donde las fisonomías zoológica y antropomórfica se han imbricado estratégicamente. Por momentos, aunque siempre distorsionadas, las escenas asumen una energía episódica mas reposada y amable, pero sólo en apariencia; en esos casos la cuota de inquietud sigue al acecho, abonada invariablemente por las abrasivas raspaduras tan propias del esgrafiado, en una atmósfera de cavernosa artificialidad.

El ríspido carácter gráfico de todo el conjunto exhibe la perfecta amalgama entre el cúmulo de líneas y texturas, que crean verosimilitud constructiva y volumen, y la electrizada vibración quebradiza del blanco óseo, que asoma debajo de la miríada de cicatrices trazadas en el negro de pizarra, y que recrea esa apariencia de ominosa recámara, donde los personajes se congelan paralizados en un escaparate gótico, bajo la luz mala de un relámpago perenne.

Los elementos escenográficos tienen una sintética eficacia e informan de un paisaje laberíntico y arborescente, con troncos que se animan como tentáculos o pseudopodios, y cuya oclusión cavernosa deriva a veces en brujeriles interiores de altillo o desván; aquí y allá bebotes de desmesuradas cabezas y anatomía desquiciada conviven con cerdos decapitados o figuras de mascotas en pleno simulacro de vitalidad, como embalsamadas en los dioramas de un trasnochado museo de la morfología.

Con un dejo de humor críptico, y una vocación satírica y reflexiva cuyo poder de sugestión sostiene sin fisuras, Fer Pietra apuesta a nuestra complicidad en el asombro y la ironía para participar del fantasmal teatro expresivo y grotesco donde examina con espíritu farsesco la anacrónica supervivencia de residuos atávicos en el presente ritual de las maneras y los cuerpos.

Eduardo Stupía

 

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