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La Línea Piensa
Muestra # 53
Miguel Melcón
Alrededor del vacío
Inauguración12.4
Cierre6.5
Miguel Melcón
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El dibujo de Miguel Melcón es el de la renuncia, el de la escasez deliberada, el de aquél que persigue el mayor efecto, la mayor elocuencia, en las limitaciones de un alfabeto primario, de rasgos básicos, donde los signos son como rasguños que apenas balbucean un hipotético sentido. Esas cicatrices, esos módicos fantasmas que se insinúan en siluetas, bosquejos, sombras, huellas y perfiles, se inscriben torvos sobre una superficie calcárea, una epidermis de fosilizada rugosidad que se extiende como una niebla sólida allí donde antes había un lienzo. La otrora amable, inductiva tersura del blanco preparado ahora es una piedra caliza trabajada por el artista con persistencia monacal, donde la misma voluntad perturbada que ha inventado en la tela, capa sobre capa, esa materia disecada que parece refractaria a todo lo que pudiera adherírsele, quiere dejar ahí mismo la marca, el registro crispado y poderosamente táctil de una acción que anhela incidir en el plano de la conciencia con una voz audible y que, sin embargo, en el mismo modo de hacerlo confiesa su virtual mutismo, su reluctancia.

A la vez, el artista busca que esa afonía, ese eco atonal sin tiempo ni lugar, se despliegue naturalmente en puro estilo, aunque un estilo sin galas ni adornos o aditamentos, hecho como de restos de un naufragio, de sílabas perdidas que, como fragmentos óseos de un cuerpo olvidado, aún conservan sonoridades y vibraciones. Tanto en la mancha y en la línea, siempre expresivas, como en las  pregnantes texturas, es muy notable la pericia de Melcón para extraer sensualidad y sugestión de una cantera áspera, exánime, así como es evidente el entrenamiento al que se ha sometido para abandonarse a la intemperie del despojamiento, a la cruda obcecación del gesto desnudo, estricto, que es el ríspido combustible de sus silenciosas operaciones gráficas. Como el oficiante que se autoimpone el rigor del ritual para asomarse a la verdad esencial de su propia liturgia, Miguel Melcón se recluye en los confines de una escritura agónica, hecha de mendrugos y retazos, de tajos y laceraciones, como si se tratara de recuperar un cierto grado cero atávico del lenguaje, más cerca de la cueva y del jeroglífico que de las certezas adquiridas en el dibujo y la pintura.

Eduardo Stupía